La arquelogía “alternativa” no es más que racismo mal disfrazado

Carlos Orsi

Cuando un grupo internacional de investigadores anunció, en el periódico PloS ONE, el descubrimiento de restos humanos con cráneos elongados en una caverna de Europa Oriental, nadie publicó que se trataba de alienígenas como los que aparecen, por ejemplo, en el filme Indiana Jones y el Reino de la calavera de cristal. El análisis científico -que señalaba que eran adolescentes de culturas que practicaban la deformación del cráneo como forma de demarcación identitaria- no causó polémica o ruido en el mundo de la arqueología “alternativa”, o pseudoarqueología.

Sin embargo, si esos cráneos hubiesen sido descubiertos en América o en África, la historia -muy probablemente- habría sido otra. Por ejemplo, hace años que circulan especulaciones de que los cráneos de Paracas -descubiertos en 1928, por el arqueólogo peruano Julio César Trello- serían vestigios de humanoides extraterrestres. En 2017, un grupo de supuestas “momias alienígenas” también de procedencia peruana, fue la principal atracción de una serie del canal online Gaia, una especie de Netflix de las pseudociencias.

Ninguna de las afirmaciones sobrevive al más leve escrutinio crítico: los cráneos elongados pertenecen a individuos de la llamada Cultura de Paracas, un grupo humano prehistórico ya ampliamente estudiado. “La Cultura de la Necrópolis de Paracas no es producto de un grupo misterioso y aislado de criaturas no-humanas”, resume el arqueólogo británico Keith Fitzpatrick-Matthews, en su sitio Bad Archaeology. “Su posición en el escenario del desarrollo del Perú prehistórico está bien comprendida”.

Cráneos elongados de Perú. Foto: Marcin Tlustochowicz.

La modificación corporal es practicada por pueblos de todo el mundo en todas las épocas. Los cambios pueden ser discretos, como agujeros para aros en las orejas, o vistosos, como grandes tatuajes coloridos.

La deformación artificial del cráneo es solo una modalidad más, en la cual el desarrollo natural de la cabeza es alterado por la aplicación de la fuerza -ejercida por fajas de tejido, pedazos de madera u otros implementos. El hecho de que culturas separadas por continentes u océanos acabaran por adoptar modificaciones semejantes, no debería ser más sorprendente que el uso casi universal de adornos, como collares y anillos.

En cuanto a las momias del canal Gaia, son montajes hechos a partir de restos humanos reales, probablemente saqueados de un sitio arqueológico legítimo en la región peruana de Nazca (donde se encuentran todavía las famosas “líneas”, otro artilugio creado por pueblos nativos y explotado por promotores de la tesis de los “dioses alienígenas”).

Racismo

Los vestigios de visitantes alienígenas, como cráneos o momias, son un corolario de la idea de que pueblos “incivilizados” o “primitivos” -desde el punto de vista europeo- serían incapaces de construir monumentos o establecer un orden social sin la ayuda de extranjeros “superiores”. Es por eso que los cráneos humanos modificados, cuando se encuentran en Europa, son solo cráneos humanos modificados.

Antes de ser engullida por los extraterrestres del pasado, la pseudoarqueología racista solía basarse en una visión difusionista de la historia: en su versión más radical, el difusionismo propone que las ideas y tecnologías surgen solo una vez en el camino de la evolución humana, y se difunden, a partir de ahí, hacia otros lugares o pueblos. A lo largo del período colonial brasileño (1500 – 1822), no era inusual que ciertas formaciones naturales, o incluso algunas costumbres indígenas, fueran interpretadas como resultado de alguna “influencia fenicia”.

Mezclándose, a finales del siglo XIX, con la incomprensión popular de la teoría darwinista de la evolución, el racismo institucionalizado y la la visión cíclica de la historia propuesta por corrientes místicas como la teosofía, en la cual civilización y barbarie se alternan a lo largo de los milenios, el difusionismo generó una mitología de razas superiores que, o bien establecen colonias distantes de su punto de origen, o bien comunican su conocimiento a pueblos inferiores y, al fin y al cabo, indignos.

La cuna de esas hipotéticas súper-razas -casi siempre de piel blanca- sería un continente perdido (como la Atlántida) o algún rincón inaccesible de Asia. La apelación al difusionismo también ayudó a las sociedades de matriz europea implantadas en el Nuevo Mundo a establecer identidades propias, luego de los procesos de independencia.

En Brasil, el mejor ejemplo tal vez sea el llamado Documento 512 de la Biblioteca Nacional. Supuestamente escrito en la década de 1750, aunque llegó al público en 1839 (diecisiete años después de la independencia), narra el descubrimiento, por parte de un grupo de bandeirantes -exploradores que, en el período colonial, se hallaban en el interior del continente-, de los vestigios de una civilización perdida en el interior de Bahía.

Como relata el historiador Johnni Langer en un artículo publicado en la Revista Brasileira de História, la mera posibilidad de que Brasil haya albergado a un pueblo “avanzado” de posible extracción greco-romana -la descripción de la ciudad perdida incluye pórticos y estatuas con coronas de laureles- causó entusiasmo en la élite brasileña.

Escribe Langer:

Al inicio de la formación del nuevo imperio, la élite intelectual ya mostraba un interés objetivo en vincular vestigios monumentales con el reinado de D. Pedro II. Y esas ruinas tan anheladas podrían simbolizar la perennidad de la nación brasileña. Al mismo tiempo, rompiendo nuestra vinculación histórica con Portugal, al demostrar que otras civilizaciones europeas estuvieron en nuestro suelo mucho tiempo antes”.

Dando vuelta el juego

El uso del difusionismo como motor de orgullo étnico no se restringe a los “arios” de la Europa Victoriana y de la pre-Segunda Guerra Mundial. Más tarde, aparece en la formulación de la tesis de la “Atenas Negra” o del “Legado Robado” -la idea de que toda la base de la civilización occidental (entendida como la filosofía y la matemática de los antiguos griegos) fue “robada” de Egipto que, de acuerdo con la tesis, habría sido poblado predominantemente por negros. Ambas son proposiciones pseudocientíficas.

Recientemente, en la India, ha tomado cuerpo un movimiento que busca interpretar la mención de armas y vehículos fantásticos en los textos épicos antiguos como evidencia de que los indios del pasado manejaban tecnologías que van desde la propulsión nuclear a la ingeniería genética.

Industria

Curiosamente, comentaristas europeos, como Erich Von Däniken, que también encaran los épicos hindúes como relatos históricos casi literales, prefieren atribuir las súper-tecnologías a pueblos alienígenas. Von Däniken es, claro, el decano de la tesis de que los monumentos incas, mayas, aztecas, egipcios, etc., fueron construidos con ayuda, o bajo la inspiración extraterrestre.

Al final, las tesis sobre “dioses astronautas” o “alienígenas del pasado” son solo el viejo difusionismo racista, solo que ampliado a escala galáctica.

En América del Sur, esa distorsión no solo dio lugar a la violación de tumbas y a la manipulación indebida de artefactos arqueológicos reales, como en el caso de las momias peruanas, sino también a una amplia industria turística.

El ufólogo brasileño Ademar José Gevaerd, por ejemplo, es conocido por agenciar y guiar viajes por el subcontinente, llevando grupos de turistas a destinos “extraterrestres”. En abril de 2019, él recorrió partes de Argentina y Perú -en el país andino, estuvo acompañado por Giorgio Tsoukalos, presentador del programa Alienígenas del Pasado, del History Channel.

 

Carlos Orsi

Periodista, formado en la Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA-USP) y escritor. Actualmente es editor-jefe de la revista digital Questão de Ciência (revistaquestaodeciencia.com.br).


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