¡Pruebe que estoy equivocado!

Carlos Orsi

Vamos a suponer que yo (en realidad, mi contraparte en el Universo Paralelo) le diga que un “shake” hecho con polvo de momia y excremento de gallina cura el COVID-19. Y vamos a suponer que usted me responda, de modo bastante razonable, que eso no debe ser verdad por una serie de motivos, incluido el hecho de que la medicina abandonó el uso del polvo (y resina) de momia hace ya unos 200 años porque no sirve para nada. Y que mi idea es peligrosa porque el excremento de gallina, a fin de cuentas, no es la más saludable de las sustancias.

Y vamos a suponer incluso que, frente a su respuesta, me agarre un brote de indignación y proclame que conozco personas que se curaron después de tomar el “shake” y exija que usted explique cómo, entonces, nadie de mi familia (todos toman el “shake” tres veces por día) se enfermó y le diga que solo voy a considerar la hipótesis de que puedo estar engañado cuando usted me traiga un test clínico a doble-ciego, con un grupo placebo, randomizado, demostrando cabalmente que mi “shake” no funciona, o que causa problemas.

¿Qué hay de erróneo acá? Un montón de cosas.

Comenzando por lo más simple, mi doble comete dos falacias argumentativas: post hoc y apelación a la ignorancia. Post hoc (o para dar el nombre latino completo, post hoc ergo propter hoc, “después de eso, luego por causa de eso”) es el razonamiento fallido que confunde secuencia en el tiempo con relación de causa y efecto.

En nuestro caso específico: las personas citadas recuperaron la salud. A causa de ello, es claro que algo ocurrió antes de la recuperación (a menos que haya una máquina del tiempo en juego). Pero eso no quiere decir que, entre todas las cosas que acontecieron antes, haya motivo para destacar el “shake”. Puede haber sido el mero paso del tiempo; puede haber sido algún otro remedio; pueden haber sido montones de cosas. En ausencia de otros indicios o evidencias, no hay justificación para aislar el “shake” de todos los demás antecedentes, atribuyéndole el mérito. Ello queda más claro aún cuando nos acordamos de que la inmensa mayoría de las personas que se recuperan del COVID-19 de hecho no tomó mi “shake”.

La apelación a la ignorancia, a su vez, comienza como de costumbre con el requerimiento “cómo explica usted que…” El hecho de que una de las partes de la discusión no sea capaz de explicar algo, u ofrecer una explicación errónea, no hace que la explicación alternativa ofrecida por la otra parte se vuelva válida.

El hecho de que una persona se engañe al explicar una luz en el cielo, diciendo que se trata del planeta Marte -cuando en verdad es Júpiter- no hace que otra persona, que explica la luz atribuyéndola a emisarios de Alfa Centauri, esté en lo cierto.

Probar una negativa

El punto más interesante de la respuesta de mi alter ego translocado, es el último: la exigencia de un test científico altamente riguroso para probar que él (yo) está equivocado.

La primera esquisitez que llama la atención es la ridícula asimetría de los medios de prueba: mi maligno doble espera que usted acepte la eficacia del “shake” de momia y excremento sobre la base de lo que el dice -nada aparte de un par de falacias- al mismo tiempo que impone, a quien niega su remedio, la tarea de producir el tipo más riguroso de evidencia científica. Es para reírsele en la cara.

El absurdo se torna todavía más evidente cuando notamos que lo que se espera del test es una prueba de inexistencia. En este caso, inexistencia de beneficios en el “shake”. Lo que en rigor es imposible en términos empíricos.

Cuando se trata de lógica o matemática, es posible probar que ciertas entidades no existen y jamás podrían existir (por ejemplo, un triángulo de un solo lado). Pero en el mundo material las cosas no funcionan así: si usted me dijera que no existen dragones de color rosa, yo puedo responder que usted todavía no buscó en el centro de la Tierra, en la galaxia de Andrómeda o entre las lunas de Plutón.

Un corolario de esa simple constatación es que, en un debate honesto, el peso de la prueba recae sobre quien afirma algo. Intuitivamente, todos reconocemos eso: si alguien duda de que yo tenga un cráneo de cristal en la biblioteca, lo que se espera es que yo muestre el ornamento, no que el escéptico sea impelido a revisar mi casa (note que si él no encuentra nada, siempre puedo decir que no buscó apropiadamente).

La cuestión de en qué momento la “ausencia de evidencia” permite inferir “evidencia de ausencia” es como la de la diferencia entre tenacidad y obstinación. Obstinación es obsesión, pertinacia y burradas: no tiene respuesta fácil y depende de las informaciones de fondo, como la probabilidad previa -esto es, hasta qué punto la idea testeada parecía creíble y razonable antes de que comenzaran los tests.

Obedecer reglas

Pero, a medida que el amor por la idea equivocada se disemina, ningún vacío evidencial puede ser lo suficientemente grande para garantizar que será descartada: siempre habrá quien señale un rincón remoto donde nadie miró todavía.

En su obra póstuma Investigaciones filosóficas, Ludwig Wittgenstein (1889-1951) presenta el argumento que se conoce como la “paradoja de la obediencia a las reglas”:

“Ningún curso de acción puede ser determinado por una regla porque todo y cualquier curso de acción puede ser compatibilizado con la regla”.

La idea es que, para obedecer una regla, antes es preciso interpretarla, y la interpretación “correcta” nunca es auto-evidente, no existe ahí flotando en el espacio. Es construida por la colectividad (para ver un buen ejemplo de ello, basta pensar en la proliferación de denominaciones cristianas, todas en tesis basadas en los mismos mandamientos, o en el dictado judaico de que “dos judíos, en una isla desierta, construirán tres sinagogas”).

Volviendo a la ciencia: si la colectividad en cuestión tuviera un apego fanático a alguna “verdad revelada”, las reglas de inferencias -incluyendo el método científico- jamás serán interpretadas de modo que invaliden el dogma tribal.

En el caso del “shake” hipotético, ese proceso ya estaba claro en la aplicación asimétrica de los principios de prueba, cuando el uso de falacias para “confirmar” la eficacia de la mezcla es aceptado sin críticas, pero el trabajo de producir evidencia negativa es lanzado sobre los hombros de experimentos demorados, caros y rigurosos.

La paradoja de Wittgenstein sugiere que, así fueran realizados, tales experimentos solo serán aceptados por los fieles si generaran resultados positivos. Pues siempre se puede decir que el experimento no encontró beneficio porque fue aplicado en el momento equivocado de la enfermedad, o en el tipo erróneo de paciente, durante la fase equivocada de la Luna, o en un día poco propicio de la semana. “Precisamos más estudios” es un mantra que puede ser repetido ad aeternum.

Pero si los fanáticos son irreductibles, ¿qué se puede hacer? Normalmente, ellos van quedándose atrás, en una burbuja propia, mientras la caravana pasa. De tiempo en tiempo irrumpen en el mainstream -como ocurrió con el movimiento terraplanista. Más preocupante que esos brotes de fama es la fricción constante que crean en torno a la validez de las reglas de inferencia inductiva y de su aplicación correcta. En situaciones excepcionales, esa fricción puede hasta traducirse en cuestiones de vida o muerte.

Carlos Orsi

Periodista, formado en la Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA-USP) y escritor. Actualmente es editor-jefe de la revista digital Questão de Ciência (revistaquestaodeciencia.com.br).


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