Los termómetros infrarrojos y la glándula pineal

Carlos Orsi

Los termómetros infrarrojos, del tipo que se ha popularizado en la actual pandemia de COVID-19, no emiten energía, la capturan. Son detectores, no transmisores. Recogen ondas infrarrojas producidas por el objeto al que apuntan y estiman la temperatura de la superficie a partir de esa lectura.

Los termómetros utilizados para medir la temperatura del cuerpo humano, y para detectar fiebre a distancia, están equipados con algoritmos que permiten convertir la temperatura estimada de la superficie (en la mayoría de los casos, la piel de la frente) en una estimación de la temperatura interna del cuerpo.

Algunos de estos dispositivos tienen miras láser, pero no forman parte del proceso de lectura, ni el láser es lo suficientemente potente como para penetrar la piel o causar efectos en el cerebro u otros órganos. Es solo una vista, para que el operador sepa hacia dónde apunta el sensor del dispositivo.

Las dudas y temores sobre la supuesta “radiación” de los termómetros infrarrojos y sus “posibles” efectos sobre la glándula pineal (una estructura que se encuentra en el centro del cerebro, donde produce la melatonina, la hormona que regula el ciclo del sueño) se han multiplicado a partir de un mensaje apócrifo -cuya autoría real se desconoce– generalmente atribuido a una “enfermera australiana” preocupada por la salud de la glándula pineal expuesta a alguna radiación del termómetro y/o al láser.

Pero no hay por qué preocuparse: además de que no hay radiación y el láser es débil, la glándula pineal está muy bien protegida, detrás de la piel, del cráneo y de la propia corteza cerebral.

Ahora bien, ¿por qué un rumor con sabor a conspiración estaría relacionado con esa glándula en particular? Ahí tenemos una buena historia.

Alma cartesiana

Después del corazón, la glándula pineal es quizás la estructura del cuerpo humano que más aparece en especulaciones mágicas y esotéricas. Pero, a diferencia del músculo cardíaco -cuya importancia simbólica en las artes, la religión y la literatura es ampliamente reconocida- la pineal es más misteriosa: sus implicaciones simbólicas para atribuciones místicas parecen más reservadas para los “iniciados”.

Por ejemplo, una publicación de Facebook, citada por Associated Press, dice que:

“la glándula pineal ha estado conectada a la espiritualidad durante siglos … y se cree que es el medio de comunicación con Dios”.

René Descartes (1596-1650)

Estas afirmaciones son parcialmente correctas, más aún si los “siglos” en cuestión fueran cuatro: en su último libro publicado en vida, Pasiones del Alma, terminado en 1649, el filósofo y matemático René Descartes (1596-1650), en el artículo 31, sugiere que “hay una pequeña glándula en el cerebro donde el alma realiza sus funciones de una manera más particular que en otras partes“.

En 1888, la gran charlatana rusa Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), uniendo a Descartes con la mitología hindú (y con un toque de darwinismo a medio cocer), sugirió, en su libro La Doctrina Secreta, que la pineal sería un tercer ojo atrofiado, un órgano de visión espiritual, perdido a lo largo de la evolución.

Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891)

Esta identificación de la glándula con el “ojo espiritual” (a través de Blavatsky) o con el hogar del alma (a través de Descartes) hace de este órgano un objetivo atractivo tanto para aquellos que buscan construir puentes metafóricos entre el misticismo y la ciencia (¿sería la pineal la fuente del sexto chakra?) en cuanto a las teorías conspirativas: ¿qué pueden pretender aquellos que intentan manipular nuestras glándulas pineales?

Desde el Más Allá

En su cuento Desde el Más Allá, escrito hace 100 años, en 1920 (aunque publicado recién en 1934), el escritor estadounidense H.P. Lovecraft (1890-1937) cuenta la trágica aventura de Crawford Tillinghast, un científico que descubrió cómo “estimular la glándula pineal” , abriendo el tercer ojo a la visión de nuevas realidades y dimensiones. Como es habitual en la obra de Lovecraft (la imagen que ilustra este artículo es una estatua suya), nada bueno surge de eso.

H. P. Lovecraft, June 1934.jpg
H.P. Lovecraft (1890-1937)

Cualquiera que, como yo, haya vivido la aventura de la adolescencia en los 80 tal vez recuerde haber encontrado en las tiendas de vídeos la adaptación cinematográfica dirigida por Stuart Gordon (1947-2020) y estrenada en 1986, con Jeffrey Combs en el papel de Tillinghast.

Básicamente, un intento barato de surfear la ola de terror explícito impulsado por las deformidades protésicas y las muñecas de látex, lanzada en 1982 con El enigma del otro mundo de John Carpenter, la película transforma las glándulas pineales “despiertas” en antenas, como gusanos, que brotan de las frentes de los pobres conejillos de indias de los científicos locos.

En caso de que alguien se lo pregunte, Crawford Tillinghast no era un fabricante de termómetros.

Carlos Orsi

Periodista, formado en la Escuela de Comunicaciones y Artes (ECA-USP) y escritor. Actualmente es editor-jefe de la revista digital Questão de Ciência (revistaquestaodeciencia.com.br).


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